Mi vida ha sido la búsqueda del mejor sueño, pero no su materialidad. La adicción de mi adolescencia fue leer durante horas, días, noches sin parar y dormir por horas en busca de un mundo verosímil y fantástico a la vez.

Vivo en el mundo de imágenes y con una memoria que captura detalles que nunca serán importantes para nadie más que para mí. Por ejemplo, lo que llevaba mí mejor amiga el primer día de clase el tercer año del colegio y que solo ella y yo sabíamos las palabras de la canción "América, lo bello".

Una adicción implica un desequilibrio e invita al caos como yo aprendí a lo largo de mis 31 años en esta tierra. Por lo tanto, en mi vida adulta intento templar mi tendencia a vivir en un estado de caos silente con un régimen de organización y disciplina, pero como muchos adictos hay veces cuando me tropiezo y caigo en el vórtice de mis sueños.