Mi vida ha sido la búsqueda del mejor sueño, pero no su materialidad. La adicción de mi adolescencia fue leer durante horas, días, noches sin parar y dormir por horas en busca de un mundo verosímil y fantástico a la vez.
Vivo en el mundo de imágenes y con una memoria que captura detalles que nunca serán importantes para nadie más que para mí. Por ejemplo, lo que llevaba mí mejor amiga el primer día de clase el tercer año del colegio y que solo ella y yo sabíamos las palabras de la canción "América, lo bello".
Una adicción implica un desequilibrio e invita al caos como yo aprendí a lo largo de mis 31 años en esta tierra. Por lo tanto, en mi vida adulta intento templar mi tendencia a vivir en un estado de caos silente con un régimen de organización y disciplina, pero como muchos adictos hay veces cuando me tropiezo y caigo en el vórtice de mis sueños.

Se dice que nunca dejamos de querer más. Deseamos alguna cosa, pero al tenerla pasamos a otra cosa que queremos. Creo que al lograr un deseo, lo mejor que nos puede pasar es recordarlo para siempre y no dejar que pierda su importancia. Los detalles que nos importan son los más importantes aun si a nadie más le importan .
La lectura es un refugio, un placer o un sufrimiento, una forma de conectar nuestro mundo con otros posibles; nos encontramos y nos 'desencontramos' a nosotros mismos en ella. Yo siempre quiero más.
Tenía una experiencia parecida cuando era joven. Pasé tantas horas leyendo que a veces me obsesioné con los mundos dentro de los libros y quería buscar los personajes y esos mundos en la vida real. Pensaba que la vida cotidiana era demasiada banal, aburrida, rutinaria, y que lo que ofrecían los libros era mucho más alla de eso.